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LUGARES CON ENCANTO: ORGÁNICA EN EL CIELO

viernes, 13 de septiembre de 2013

Cuando vamos a un restaurante buscamos buena comida…. Pero la experiencia de sentarse a la mesa es integral.  Muchos factores intervienen en el  éxito de un negocio de comida: El lugar, la música, la disposición de la mesa, la carta, la presentación de los platos, el servicio.  Si no somos en exceso meticulosos podríamos decir que hay algunos lugares que cumplen con todos los requisitos; Sin embargo, para mí esto no es suficiente… No quiero que piensen que soy quisquillosa o demasiado exigente, pero cuando voy a un restaurante lo que en realidad me conquista es el espíritu del lugar.  Sentir que detrás de cada detalle, de cada signo de puntuación en la carta, detrás de cada flor o de cada plato hay una historia escrita. Un sueño que un día empezó a tomar forma por los múltiples giros de la vida, que el menú más que una propuesta comercial, es la invitación a sembrar recuerdos, juega con la nostalgia y se vale de  sabores cotidianos para transportarnos a lugares conocidos. 

La calera, ubicado al noreste de Bogotá, es un municipio pequeño, vestido por el frío pero arropado por el sol… Así de romántico es el clima. Son 18 kilómetros los que separan a Bogotá de la Calera, pero recorrerlos siempre será un placer, no en vano los fines de semana son cientos y cientos de carros los que salen por esta vía para buscar un buen plan durante el fin de semana. 

En uno de estos paseos, que ya son familiares para muchos, vi un atractivo aviso que invitaba a disfrutar de un picnic en El Cielo, era perfecto para mí porque creo que las montañas son el mejor escenario para comer.  Pasaron muchos días, conté semanas y llegó el día de cumplir la cita con el restaurante que tanta curiosidad me había causado. 

Al llegar a la calera (justo en la esquina donde se encuentra un supermercado llamado Coratiendas) y girando a la derecha entramos a la montaña, un ascenso tranquilo que después de  5 minutos nos lleva  a las puertas de Orgánica en El Cielo.


Y justo en esta puerta que tiene como telón el verde infinito de las montañas sentí el espíritu del lugar y me sentí en casa. Mesas azules que en el pasado fueron puertas  contrastaban con  astromelias amarillas, grandes bancos de madera, un sofá dispuesto para disfrutar del paisaje, un lago con una isla central, miradas cálidas que te dan la bienvenida… y el interior de una casa cubierta de madera con una moderna decoración, el blanco impecable de mesas y sillas acompañado de una chimenea.  La cocina una mezcla de nostalgia con tradición, jaulas que guardan huevos, flores y platos en armonía con la sensación de un hogar de siempre.




La carta está escrita en un lenguaje sencillo, platos variados y opciones para todos los gustos.  Un antipasto y un chorizo con verduras salteadas fueron las primeras elecciones, sopa de tomate y costillas de cerdo en salsa bbq el plato fuerte.  El rápido servicio a la mesa escondía horas de mucha preparación para estos platos… una larga jornada en el horno era evidente en las costillas, la carne estaba tierna en el interior y crocante en la superficie, una presentación justa para unas costillas que necesitan ser compartidas.  El mango en las ensaladas ofrecía un buen equilibrio para los platos y las papas que acompañan siempre serán una buena elección.  Tal vez mi única observación en relación a la comida es la consistencia de la sopa de tomate, que responde nada más que a un antojo personal, la verdad es que la prefiero más espesa y profunda, un toque de pimienta estaría bien. Por lo demás debo decir que este restaurante ha entrado rápidamente en la lista de esos lugares a los que siempre quieres regresar. 

Un restaurante en el que el plan es pasar toda la tarde, si tienen niños -como yo- ellos les van a agradecer que los lleven a este lugar donde se respira verde.  Con un parque pensado para los más pequeños, que honra el nuevo espíritu del reciclaje y el reuso,  encontramos unos columpios hechos con canastas de cerveza, un balancín con manubrios de bicicletas y las infaltables llantas.  Cerca de las mesas hay una casita de muñecas, un poco más allá una niña se balancea en un árbol y si seguimos el camino una espectacular vista del embalse. 


Y aunque en esta oportunidad la carta me atrapó, no muy lejos de mi mesa estaba un grupo disfrutando del famoso picnic en el Cielo… ese picnic que me conquisto.  La carta del picnic es perfecta para compartir, te organizan tu canasta y tu escoges el lugar!!! Un mantel de cuadros rojos y blancos –que siempre me hacen sentir en una película- es la base de un almuerzo alternativo para una ciudad donde a veces los días parecen iguales. 


Hacia el final de la tarde disfruté del interior de la casa: un café y un pincho de fresas con Nutella eran la mejor forma de terminar esta experiencia.  Un restaurante que recomiendo con la profunda convicción de que además de disfrutar de una comida realizada con dedicación van a encontrar un lugar que alimenta el espíritu y el corazón. 

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